¡Felices fiestas a todos/as! Desde Lobo en el lodo quiero desearos lo mejor durante estos días (y para el próximo año, claro que sí), que comáis y bebáis mucho de todo aquello que os guste, recibáis los regalos que deseáis y, sobretodo, que paséis unas fiestas memorables al lado de vuestros seres queridos, de todas aquellas personas que os hacen especiales. Felicidades pues, a todos aquellos que me leéis, comentáis o que pasáis por el blog de vez en cuando ^^.
Por mi parte, cual Papá Noel adelantado, os traigo un regalo para todos vosotros. Pero no es un regalo en el sentido más utilizado de la palabra, ni siquiera podréis desenvolverlo y no me habrá costado más que parte de mi tiempo. Sin embargo, espero que os guste (y sé de buena tinta que a más de uno le va a alegrar bastante). Hablo, cómo no, de un nuevo relato que se incorpora a la casi inédita sección de Relatos cortos. Para conocer un poco de qué va esta sección y poder ver el primero (y único publicado hasta ahora), podéis pasar por aquí. Si queréis sumergiros en mi última obrita (xD), adelante...
Por mi parte, cual Papá Noel adelantado, os traigo un regalo para todos vosotros. Pero no es un regalo en el sentido más utilizado de la palabra, ni siquiera podréis desenvolverlo y no me habrá costado más que parte de mi tiempo. Sin embargo, espero que os guste (y sé de buena tinta que a más de uno le va a alegrar bastante). Hablo, cómo no, de un nuevo relato que se incorpora a la casi inédita sección de Relatos cortos. Para conocer un poco de qué va esta sección y poder ver el primero (y único publicado hasta ahora), podéis pasar por aquí. Si queréis sumergiros en mi última obrita (xD), adelante...
La Torre
-¡Nathan!
En la soledad de la sencilla habitación en la que residía dentro del antiguo (aunque bien conservado a pesar del paso inexorable del tiempo) monasterio, oí como me llamaban. Sin duda, se trataría del maestro Hideo Nakamura, que querría encargarme algún tipo de misión. Dado mi compromiso con la sociedad, no me podía oponer, aunque a veces quisiera. Así era un compromiso: firme e inflexible, pese a lo que muchos hombres hacían incumpliendo los suyos. Así era yo al menos: si me comprometía a algo, lo cumplía hasta las últimas consecuencias.
Salí al hermoso patio interior del edificio, avistando la brillante luz que despedía el Sol, allá en lo alto, mientras divisaba el verde del césped que componía, junto a los árboles y arbustos presentes, una bellísima fotografía. De forma lenta, pero segura, me acerqué a donde estaban el maestro Nakamura y uno de mis compañeros, Schneider, que hacía las veces de mano derecha de nuestro jefe. La verdad es que llamarlo jefe no era lo más apropiado, ya que nos servía más como guía y ayuda que como líder, aunque se había erigido en el nuestro dadas sus extraordinarias aptitudes para el combate. Sí, la verdad es que no se me ocurría otro adjetivo para referirme a su habilidad para teletransportarse y detener el tiempo cuando se le antojaba. Como podéis imaginar, estas características, juntamente a su destreza en el uso de la katana, le hacían letal.
-Nathan, como habrás podido intuir, quería encomendarte una nueva misión-comenzó el maestro Hideo, confirmando mis sospechas.
-¿Conoces la torre que se alza al noreste de aquí?-me preguntó Schneider.
-Sí-asentí sin prestar demasiada atención.
-Queremos que te dirijas allí inmediatamente, tenemos entendido que una de las figuras más importantes de IX está en la zona, aunque desconocemos sus motivos-me expuso el maestro.
-Es posible que encuentres un buen número de enemigos en la torre, pero no creemos que te supongan complicaciones-añadió mi compañero.
-Con el único que debes andarte con cuidado es con el perteneciente a IX-me aclaró Nakamura.
-Bien, ¿vivo o muerto?-pregunté yo, un poco aburrido ante la avalancha de advertencias.
-Muerto-respondió el maestro sin pestañear-es demasiado peligroso como para dejarlo vivo-dicho lo cual abandonó el patio en dirección a las escaleras, dando la reunión por concluida.
-Ten cuidado-me dijo Schneider, marchándose también.
Sin ninguna clase de preparativo, me dirigí hacia el gran pórtico de madera desgastada (que debió ser un lujo en su tiempo), atravesándolo tranquilamente, para luego encaminarme hacia el noreste, donde a unos pocos kilómetros estaba la consabida torre. La verdad es que podría haber ido volando (literalmente), pero me pareció innecesario dada la poca distancia que separaba mi destino del monasterio. Además, me gustaba andar por aquellos prados cuando hacía buen día (como era el caso), disfrutando de la luz solar y la suave brisa que recorría agradablemente el paisaje.
Mientras iba hacia allí, estaba pensando en que, seguramente, tendría pelea en la torre. No es que me preocupara o diera ningún tipo de miedo, pero me hacía suponer que habría alguna víctima mortal. Y, ante todo, yo no era un asesino. Es cierto que había tenido que matar en alguna ocasión, cuando era cuestión de vida o muerte, pero no me gustaba eliminar a mis adversarios, ni siquiera hacerles sufrir con enfrentamientos innecesarios. Si era posible, llegaría a esa torre y eliminaría al miembro de IX, dejando de lado otro tipo de luchas no deseadas. Si era posible, claro. Me reí de mí mismo por tener esa clase de pensamientos, pues prácticamente cualquiera en la orden haría justo lo contrario, a excepción del maestro Hideo, al que tampoco le gustaba matar, a pesar de las increíbles facilidades que tenía para tal labor.
Sin darme mucha cuenta, llegué a la susodicha torre, imponente ante mis ojos como ya la había visto en alguna ocasión, recubierta de piedra, dura y grisácea como el pelaje de un lobo en invierno. Pensé en subir a la última planta, aprovechando mi habilidad para volar, pero, una vez más, decidí hacer uso de mis piernas e ir subiendo piso a piso, para buscar de forma más exhaustiva al maldito miembro de IX. Me preguntaba qué clase de poder tendría él y si sería fuerte o no. Normalmente, por los pocos miembros de la sociedad a los que me había podido enfrentar antes (apenas dos o tres, ninguno de alta jerarquía), sabía que eran rivales a tener en cuenta, con poderes útiles para la lucha, pero lejos de mi nivel para tales menesteres.
Entré en el vestíbulo principal, cruzando el umbral de la enorme puerta, que estaba abierta, dejando a las claras que, o eran muy osados y pretendían desafiarme (estaba seguro de que ellos ya imaginaban que vendría), o bien sabían sobradamente que una puerta (aún una tan grande como esa) no podría contener a cualquiera que les entrañase peligro. En aquella amplia habitación no vi a nadie, así que comencé a ascender por las escaleras de piedra que se presentaban ante mis ojos. A decir verdad, tanta quietud y falta de pruebas de amenazas existentes, me hicieron desconfiar de forma instantánea.
Cuando alcancé el siguiente piso, intuí, a lo lejos, una figura bajando por las escaleras que provenían de la tercera planta. Era evidente que se trataba de algún tipo de avanzadilla para comprobar mis habilidades y extraer todo el conocimiento sobre mí que pudieran, dado que seguramente me estarían observando a través de los grandísimos ventanales. Sin darles oportunidad a disfrutar mucho de la información, alcé mi mano derecha rápidamente y despedí una poderosa descarga eléctrica directa al pecho del desconocido, con la suficiente potencia como para deshacerme de él, aunque sin matarle. Como ya imaginaba, cayó al suelo sin poder hacer nada para defenderse, tal era la velocidad y destreza de mis rayos.
Sin preocuparme mucho por lo que acababa de pasar (ya estaba acostumbrado a este tipo de enfrentamientos rápidos con desconocidos), subí por las escaleras por las que había bajado mi enemigo, dejando atrás su cuerpo inerte, aunque con vida. Obviamente, yo no estaba hecho de hierro (aunque mi resistencia era bastante superior a la de otros como yo), así que ascendí con cautela y vigilante, para evitar cualquier molestia que pudiera surgir.
Al alcanzar la tercera altura, la vi. Una figura menuda, a la que le sacaría cerca de una cabeza (tampoco es que yo fuera de una estatura muy alta, la verdad), allí, en el centro del largo y empedrado pasillo. Alcé mi mano, dispuesto a lanzar otra descarga eléctrica, pero reparé en que era una chica, muy diferente a los que solían ser mis enemigos. A veces me había enfrentado a alguna chica con anterioridad, pero no desprendían esa aura de fragilidad, calma y belleza que hacían única a la que tenía ahora delante, por no hablar de que ya me habría atacado. Por ello, intuí que no me deparaba ningún peligro.
Tranquilamente, con las manos relajadas y sin ningún ademán de agresividad, me acerqué a ella, para no asustarla. Lo cierto es que, por qué no decirlo, era la chica más hermosa que había visto en mi vida. Con unos ojos grandes y expresivos, de un color almendrado claro, y unas facciones que la hacían guapísima, como salida de algún sueño placentero. Su pelo, castaño y liso, caía en una corta melena sobre sus hombros. Al instante supe que me había enamorado, por primera vez en toda mi existencia (aunque no podía asegurar la veracidad de esta afirmación, porque no recordaba nada de mi vida, salvo desde hacía un par de años hasta ese mismo instante).
Cuando ya estaba a su altura, comprendí que no podría escapar de esa mirada en el resto de mis días, sentí una sensación creciente de euforia en mi interior, contenida con calma pero que rebosaba por mis ojos, seguro. Ya había oído alguna vez que esto podía pasarme, que nos pasaba a los que éramos como nosotros, pero nunca me lo había creído. Ahora, lo estaba sintiendo en mis carnes, y sentía que todo eso era real.
-Hola, señorita-la saludé, intentando ser lo más cortés posible.
-¿Podrías ayudarme a salir de esta torre?-espetó ella apurada, casi suplicante, obviando mi saludo.
-Por supuesto, aunque imagino que no será fácil, pues nos estarán vigilando-no sabía por qué, pero estaba seguro de que me podía fiar de ella, sin ninguna duda-además, vine aquí a cumplir una misión-dije, recordando mi cometido, aunque poco me importaba ya, salvo sacar a la chica sana y salva de allí.
-Pretendes enfrentarte al miembro de IX, ¿verdad?-me preguntó ella, como si me leyera el pensamiento.
-Sí, así es.
-No deberías, es inmensamente poderoso, te destruirá...-me advirtió ella.
-Permíteme que lo dude-la corté yo, un poco herido en mi orgullo.
-En serio, no te enfrentes a él, al menos por ahora-me dijo ella, sonando como una dulce orden a la que no me pude resistir.
-De acuerdo, aunque tenemos que pensar en la forma de salir de aquí, pues no creo que nos lo pongan fácil.
-Será fácil si utilizamos mi poder-dijo ella.
-¿Y cuál es ese poder que parece tan útil?-le pregunté.
Pero no hizo falta que me lo dijera. Al instante, lo sentí. Como si fuera una proyección mental, inmediatamente sabía donde estaban cada uno de los cinco guardias que nos estaban vigilando, dispuestos a saltar en nuestra dirección al más mínimo gesto de huida. Todos se encontraban fuera de la torre, en pequeñas edificaciones de piedra colindantes. Era increíble con qué claridad sabía sus posiciones exactas, y sus intenciones de movimiento. Sin duda, ése era el poder de la chica.
Lo que no entendía era qué demonios me había permitido utilizar su poder. A parte de mí, no conocía a ningún otro con la capacidad de sintetizar las habilidades de sus enemigos. Ese era mi don. Pero nunca había podido obtener ningún poder sin eliminar al adversario que lo poseía (al menos, que yo recordara). Sin duda, era muy extraño, y determiné que sería necesario ir junto con la chica a ver al maestro Nakamura, para obtener algún tipo de respuesta. Si había alguien que sabía algo, ese tenía que ser él.
Sin decirle nada a mi acompañante, pues sabía que se abalanzarían sobre nosotros de inmediato los cinco guardias y desconocía sus habilidades (aunque presuponía que, dado su poder, la chica no tendría muchas posibilidades en un enfrentamiento), me subí a la barandilla de un salto y le dije:
-No te muevas, enseguida estoy de vuelta contigo.
Me lancé al vacío del aire, alzando el vuelo de inmediato. Como una exhalación, y gracias al poder recién adquirido, despaché a los guardias uno a uno, a una velocidad endiablada (para no ponerla a ella en peligro), gracias a mi fuerza sobrehumana. A penas unos pocos golpes precisos y contundentes bastaron para dejarles a todos fuera de combate, y el terreno aparentemente libre de obstáculos para irnos. Arriba, sabía que estaba el miembro de IX, gracias a la nueva habilidad que tenía, pero decidí hacer caso a los consejos de aquella chica tan bella y hablar primero con Hideo sobre lo que había pasado.
La cogí en brazos y salí volando de allí, en dirección al monasterio...
FIN.
En fin, espero que disfrutéis del relato y me comentéis qué os parece mediante los comentarios. Personalmente no me gusta demasiado, aunque eso me suele pasar siempre con todo lo que escribo. Gracias a todos de antemano por leerlo.
¡Felices fiestas!
Salí al hermoso patio interior del edificio, avistando la brillante luz que despedía el Sol, allá en lo alto, mientras divisaba el verde del césped que componía, junto a los árboles y arbustos presentes, una bellísima fotografía. De forma lenta, pero segura, me acerqué a donde estaban el maestro Nakamura y uno de mis compañeros, Schneider, que hacía las veces de mano derecha de nuestro jefe. La verdad es que llamarlo jefe no era lo más apropiado, ya que nos servía más como guía y ayuda que como líder, aunque se había erigido en el nuestro dadas sus extraordinarias aptitudes para el combate. Sí, la verdad es que no se me ocurría otro adjetivo para referirme a su habilidad para teletransportarse y detener el tiempo cuando se le antojaba. Como podéis imaginar, estas características, juntamente a su destreza en el uso de la katana, le hacían letal.
-Nathan, como habrás podido intuir, quería encomendarte una nueva misión-comenzó el maestro Hideo, confirmando mis sospechas.
-¿Conoces la torre que se alza al noreste de aquí?-me preguntó Schneider.
-Sí-asentí sin prestar demasiada atención.
-Queremos que te dirijas allí inmediatamente, tenemos entendido que una de las figuras más importantes de IX está en la zona, aunque desconocemos sus motivos-me expuso el maestro.
-Es posible que encuentres un buen número de enemigos en la torre, pero no creemos que te supongan complicaciones-añadió mi compañero.
-Con el único que debes andarte con cuidado es con el perteneciente a IX-me aclaró Nakamura.
-Bien, ¿vivo o muerto?-pregunté yo, un poco aburrido ante la avalancha de advertencias.
-Muerto-respondió el maestro sin pestañear-es demasiado peligroso como para dejarlo vivo-dicho lo cual abandonó el patio en dirección a las escaleras, dando la reunión por concluida.
-Ten cuidado-me dijo Schneider, marchándose también.
Sin ninguna clase de preparativo, me dirigí hacia el gran pórtico de madera desgastada (que debió ser un lujo en su tiempo), atravesándolo tranquilamente, para luego encaminarme hacia el noreste, donde a unos pocos kilómetros estaba la consabida torre. La verdad es que podría haber ido volando (literalmente), pero me pareció innecesario dada la poca distancia que separaba mi destino del monasterio. Además, me gustaba andar por aquellos prados cuando hacía buen día (como era el caso), disfrutando de la luz solar y la suave brisa que recorría agradablemente el paisaje.
Mientras iba hacia allí, estaba pensando en que, seguramente, tendría pelea en la torre. No es que me preocupara o diera ningún tipo de miedo, pero me hacía suponer que habría alguna víctima mortal. Y, ante todo, yo no era un asesino. Es cierto que había tenido que matar en alguna ocasión, cuando era cuestión de vida o muerte, pero no me gustaba eliminar a mis adversarios, ni siquiera hacerles sufrir con enfrentamientos innecesarios. Si era posible, llegaría a esa torre y eliminaría al miembro de IX, dejando de lado otro tipo de luchas no deseadas. Si era posible, claro. Me reí de mí mismo por tener esa clase de pensamientos, pues prácticamente cualquiera en la orden haría justo lo contrario, a excepción del maestro Hideo, al que tampoco le gustaba matar, a pesar de las increíbles facilidades que tenía para tal labor.
Sin darme mucha cuenta, llegué a la susodicha torre, imponente ante mis ojos como ya la había visto en alguna ocasión, recubierta de piedra, dura y grisácea como el pelaje de un lobo en invierno. Pensé en subir a la última planta, aprovechando mi habilidad para volar, pero, una vez más, decidí hacer uso de mis piernas e ir subiendo piso a piso, para buscar de forma más exhaustiva al maldito miembro de IX. Me preguntaba qué clase de poder tendría él y si sería fuerte o no. Normalmente, por los pocos miembros de la sociedad a los que me había podido enfrentar antes (apenas dos o tres, ninguno de alta jerarquía), sabía que eran rivales a tener en cuenta, con poderes útiles para la lucha, pero lejos de mi nivel para tales menesteres.
Entré en el vestíbulo principal, cruzando el umbral de la enorme puerta, que estaba abierta, dejando a las claras que, o eran muy osados y pretendían desafiarme (estaba seguro de que ellos ya imaginaban que vendría), o bien sabían sobradamente que una puerta (aún una tan grande como esa) no podría contener a cualquiera que les entrañase peligro. En aquella amplia habitación no vi a nadie, así que comencé a ascender por las escaleras de piedra que se presentaban ante mis ojos. A decir verdad, tanta quietud y falta de pruebas de amenazas existentes, me hicieron desconfiar de forma instantánea.
Cuando alcancé el siguiente piso, intuí, a lo lejos, una figura bajando por las escaleras que provenían de la tercera planta. Era evidente que se trataba de algún tipo de avanzadilla para comprobar mis habilidades y extraer todo el conocimiento sobre mí que pudieran, dado que seguramente me estarían observando a través de los grandísimos ventanales. Sin darles oportunidad a disfrutar mucho de la información, alcé mi mano derecha rápidamente y despedí una poderosa descarga eléctrica directa al pecho del desconocido, con la suficiente potencia como para deshacerme de él, aunque sin matarle. Como ya imaginaba, cayó al suelo sin poder hacer nada para defenderse, tal era la velocidad y destreza de mis rayos.
Sin preocuparme mucho por lo que acababa de pasar (ya estaba acostumbrado a este tipo de enfrentamientos rápidos con desconocidos), subí por las escaleras por las que había bajado mi enemigo, dejando atrás su cuerpo inerte, aunque con vida. Obviamente, yo no estaba hecho de hierro (aunque mi resistencia era bastante superior a la de otros como yo), así que ascendí con cautela y vigilante, para evitar cualquier molestia que pudiera surgir.
Al alcanzar la tercera altura, la vi. Una figura menuda, a la que le sacaría cerca de una cabeza (tampoco es que yo fuera de una estatura muy alta, la verdad), allí, en el centro del largo y empedrado pasillo. Alcé mi mano, dispuesto a lanzar otra descarga eléctrica, pero reparé en que era una chica, muy diferente a los que solían ser mis enemigos. A veces me había enfrentado a alguna chica con anterioridad, pero no desprendían esa aura de fragilidad, calma y belleza que hacían única a la que tenía ahora delante, por no hablar de que ya me habría atacado. Por ello, intuí que no me deparaba ningún peligro.
Tranquilamente, con las manos relajadas y sin ningún ademán de agresividad, me acerqué a ella, para no asustarla. Lo cierto es que, por qué no decirlo, era la chica más hermosa que había visto en mi vida. Con unos ojos grandes y expresivos, de un color almendrado claro, y unas facciones que la hacían guapísima, como salida de algún sueño placentero. Su pelo, castaño y liso, caía en una corta melena sobre sus hombros. Al instante supe que me había enamorado, por primera vez en toda mi existencia (aunque no podía asegurar la veracidad de esta afirmación, porque no recordaba nada de mi vida, salvo desde hacía un par de años hasta ese mismo instante).
Cuando ya estaba a su altura, comprendí que no podría escapar de esa mirada en el resto de mis días, sentí una sensación creciente de euforia en mi interior, contenida con calma pero que rebosaba por mis ojos, seguro. Ya había oído alguna vez que esto podía pasarme, que nos pasaba a los que éramos como nosotros, pero nunca me lo había creído. Ahora, lo estaba sintiendo en mis carnes, y sentía que todo eso era real.
-Hola, señorita-la saludé, intentando ser lo más cortés posible.
-¿Podrías ayudarme a salir de esta torre?-espetó ella apurada, casi suplicante, obviando mi saludo.
-Por supuesto, aunque imagino que no será fácil, pues nos estarán vigilando-no sabía por qué, pero estaba seguro de que me podía fiar de ella, sin ninguna duda-además, vine aquí a cumplir una misión-dije, recordando mi cometido, aunque poco me importaba ya, salvo sacar a la chica sana y salva de allí.
-Pretendes enfrentarte al miembro de IX, ¿verdad?-me preguntó ella, como si me leyera el pensamiento.
-Sí, así es.
-No deberías, es inmensamente poderoso, te destruirá...-me advirtió ella.
-Permíteme que lo dude-la corté yo, un poco herido en mi orgullo.
-En serio, no te enfrentes a él, al menos por ahora-me dijo ella, sonando como una dulce orden a la que no me pude resistir.
-De acuerdo, aunque tenemos que pensar en la forma de salir de aquí, pues no creo que nos lo pongan fácil.
-Será fácil si utilizamos mi poder-dijo ella.
-¿Y cuál es ese poder que parece tan útil?-le pregunté.
Pero no hizo falta que me lo dijera. Al instante, lo sentí. Como si fuera una proyección mental, inmediatamente sabía donde estaban cada uno de los cinco guardias que nos estaban vigilando, dispuestos a saltar en nuestra dirección al más mínimo gesto de huida. Todos se encontraban fuera de la torre, en pequeñas edificaciones de piedra colindantes. Era increíble con qué claridad sabía sus posiciones exactas, y sus intenciones de movimiento. Sin duda, ése era el poder de la chica.
Lo que no entendía era qué demonios me había permitido utilizar su poder. A parte de mí, no conocía a ningún otro con la capacidad de sintetizar las habilidades de sus enemigos. Ese era mi don. Pero nunca había podido obtener ningún poder sin eliminar al adversario que lo poseía (al menos, que yo recordara). Sin duda, era muy extraño, y determiné que sería necesario ir junto con la chica a ver al maestro Nakamura, para obtener algún tipo de respuesta. Si había alguien que sabía algo, ese tenía que ser él.
Sin decirle nada a mi acompañante, pues sabía que se abalanzarían sobre nosotros de inmediato los cinco guardias y desconocía sus habilidades (aunque presuponía que, dado su poder, la chica no tendría muchas posibilidades en un enfrentamiento), me subí a la barandilla de un salto y le dije:
-No te muevas, enseguida estoy de vuelta contigo.
Me lancé al vacío del aire, alzando el vuelo de inmediato. Como una exhalación, y gracias al poder recién adquirido, despaché a los guardias uno a uno, a una velocidad endiablada (para no ponerla a ella en peligro), gracias a mi fuerza sobrehumana. A penas unos pocos golpes precisos y contundentes bastaron para dejarles a todos fuera de combate, y el terreno aparentemente libre de obstáculos para irnos. Arriba, sabía que estaba el miembro de IX, gracias a la nueva habilidad que tenía, pero decidí hacer caso a los consejos de aquella chica tan bella y hablar primero con Hideo sobre lo que había pasado.
La cogí en brazos y salí volando de allí, en dirección al monasterio...
FIN.
En fin, espero que disfrutéis del relato y me comentéis qué os parece mediante los comentarios. Personalmente no me gusta demasiado, aunque eso me suele pasar siempre con todo lo que escribo. Gracias a todos de antemano por leerlo.
¡Felices fiestas!




